Familia

Familia

El amor, fuente y alma de la vida familiar
 
En la vida de familia las relaciones interpersonales tienen fundamento y reciben alimento del misterio del amor. El matrimonio cristiano, ese vínculo por el cual el hombre y la mujer prometen amarse en el Señor para siempre y con todo su ser, es la fuente que alimenta y vivifica las relaciones entre todos los miembros de la familia. No es casualidad que en los fragmentos siguientes de la Familiaris Consortio y de la Evangelium Vitae, para ilustrar el secreto de la vida doméstica, se repitan varias veces los términos «comunión» y «don».

La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual se va edificando la más amplia comunión de la familia, de los padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre ellos, de los parientes y de otros familiares.

Dicha comunión arraiga en los vínculos naturales de la carne y de la sangre, y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento propiamente humano en el instaurarse y en el madurar de los vínculos todavía más profundos y ricos del espíritu: el amor, que anima las relaciones interpersonales de los distintos miembros de la familia, constituye la fuerza interior que plasma y vivifica la comunión y la comunidad familiar.
Además la familia cristiana está llamada a hacer experiencia de una comunión nueva y original, que confirma y perfecciona la comunión natural y humana. En realidad, la gracia de Jesucristo, «el Primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 29), es por su naturaleza y dinamismo interior una «gracia fraterna», como la llama santo Tomás de Aquino (S. Th. II• II•, 14, 2, ad 4).
El Espíritu Santo, infundido en la celebración de los sacramentos, es la raíz viva y el alimento inagotable de la comunión sobrenatural que reúne y vincula a los creyentes con Cristo y entre sí en la unidad de la Iglesia de Dios. Una revelación y realización específica de la comunión eclesial la constituye la familia cristiana, que también por esto puede y debe llamarse «Iglesia doméstica» (LG, 11; cf. AA, 11).

Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don, tienen la gracia y la responsabilidad de construir, día a día, la comunión de las personas, haciendo de la familia una «escuela de humanidad más completa y rica»: (GS, 52) es lo que sucede con el cuidado y el amor hacia los pequeños, los enfermos y los ancianos; con el servicio recíproco de todos los días, compartiendo los bienes, alegrías y sufrimientos. (Familiaris Consortio, 21).

La familia está llamada en causa a lo largo de la vida de sus miembros, desde el nacimiento hasta la muerte. La familia es verdaderamente «el santuario de la vida…, el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a los cuales está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano». Por esto, el papel de la familia en la edificación de la cultura de la vida es determinante e insustituible.

Como iglesia doméstica, la familia está llamada a anunciar, celebrar y servir al evangelio de la vida. Es una tarea que corresponde principalmente a los esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vezmás conscientes del significado de la procreación, como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que la vida humana es un don recibido para ser, a su vez, dado. En la procreación de una nueva vida los padres descubren que el hijo, «si es fruto de su recíproca donación de amor, es a su vez un don para ambos: un don que brota del don».

Es principalmente mediante la educación de los hijos como la familia cumple su misión de anunciar el evangelio de la vida.

Con la palabra y el ejemplo, en las relaciones y decisiones cotidianas, y mediante gestos y expresiones concretas, los padres inician a sus hijos en la auténtica libertad, que se realiza en la entrega sincera de sí, y cultivan en ellos el respeto del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo, el servicio generoso, la solidaridad y los demás valores que ayudan a vivir la vida como un don. La tarea educadora de los padres cristianos debe ser un servicio a la fe de los hijos y una ayuda para que ellos cumplan la vocación recibida de Dios. Pertenece a la misión educativa de los padres enseñar y testimoniar a los hijos el sentido verdadero del sufrimiento y de la muerte.

Lo podrán hacer si saben estar atentos a cada sufrimiento que encuentren a su alrededor y, principalmente, si saben desarrollar actitudes de cercanía, asistencia y participación hacia los enfermos y ancianos dentro del ámbito familiar (Evangelium Vitae, 92).

Preguntas para la pareja de esposos:

1. ¿Cómo vivimos el deseo y la ternura en nuestra relación?
2. ¿Qué obstáculos impiden nuestro camino de alianza profunda?
3. ¿Nuestro amor de pareja está abierto a los hijos, a la sociedad y a la Iglesia?
4. ¿Qué pequeña decisión podemos tomar para mejorar nuestro entendimiento?

Preguntas para el grupo familiar y la comunidad:

1. ¿Cómo promover en nuestra comunidad el valor del amor esponsal?
2. ¿Cómo favorecer la comunicación y la ayuda recíproca entre las familias?
3. ¿Cómo ayudar a aquellos que tienen dificultades en la vida de pareja y de familia?